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Maná en la Nueva Vida

A fines de 1949, el grupo de compañeros de la Nueva Vida se encaminaba hacia Dehra Dun y, aparte de tres o cuatro de ellos, nadie sabía adónde se dirigía Baba, con excepción de Keki Nalavala, padre de Naosherwan Anzar, que residía en Dehra Dun y a quien Baba había hecho saber su itinerario.

La noche anterior a la llegada de Baba, Keki fue despertado a altas horas de la noche por un hombre que quería saber si estaban esperando a un grupo de viajeros en su casa.

Sin embargo, el hombre insistió en que le había sido ordenado cumplir esa misión y que no se había confundido con la casa que le habían indicado. Aunque Keki no iba a defraudar la confianza de Baba y menos con una persona a la que nadie conocía, no obstante ello quiso saber cómo ese hombre había obtenido esa información y cómo le habían indicado la casa.

Naturalmente, las insólitas respuestas de aquel individuo desconcertaron a Keki, quien siguió indagando por qué le estaba diciendo todas esas cosas extrañas.

Al final, el hombre le dio esta explicación: –He tenido una vívida visión, tan real que me vi obligado a actuar al respecto, recorriendo una gran distancia desde Aligarh. Se me ha dicho que haga esto.

Sin embargo, Keki siguió rechazando el ofrecimiento y logró persuadir a ese hombre para que continuara discutiendo eso al día siguiente por la mañana. Aquel hombre resultó ser Todi Singh, un próspero proveedor de crema a una famosa firma inglesa que fabricaba queso y manteca, y como resultado de su visión había traído varias carretas cargadas con diversos y tentadores comestibles para Baba y su grupo, aunque él nada sabía acerca de Baba.

Al día siguiente, cuando Baba llegó, le preguntó a Keki:

El hombre se regocijó cuando le dijeron que había venido el jefe del grupo que él estaba buscando: –¿No te dije que él vendría aquí? –y tan pronto entró en la habitación reconoció a Baba y lo señaló diciendo– él es quien me dio la orden.

Entonces Baba le pidió a Todi Singh que hiciera venir a su familia. Y en poco tiempo los compañeros, cuya subsistencia dependía de lo que mendigaban, fueron agasajados con deliciosos manjares preparados por la familia de Todi Singh, quienes finalmente llegaron a saber quién era Baba. Todi Singh llegó a ser un gran devoto amante de Meher Baba, pasando el resto de su vida y gastando su fortuna al servicio de Baba de un modo muy particular: inauguró una cocina gratuita en la que todos eran bienvenidos.

En esa misma época en que transcurría la historia de Todi Singh, nosotros llegamos a Muradabad, sitio en el que Baba decidió quedarse un tiempo. A Muradabad se lo conoce por su crudo invierno, y los compañeros, que no tenían ropa de lana, sintieron aún más ese frío riguroso por el hecho de que tampoco tenían techo.

De todos modos, una mañana vimos a lo lejos unas carretas que se acercaban hacia donde habíamos acampado, y al aproximarse, observamos que las dirigía un joven a quien reconocimos como Inder, el hijo de Harjivan Lal, un conocido amante de Baba.

Le preguntamos a Inder por qué había venido, pues a todos los seguidores de Baba -los de la vieja vida- se les había dicho claramente que no deberían tener contacto con él en la Nueva Vida. El joven estaba nervioso y empezó a tartamudear. Dijo que, conociendo la orden de Baba, no había recibido de buena gana lo que su padre le había ordenado, o sea, que descargara las carretas en el campamento de Baba, en cualquier lugar en que él se encontrara en Muradabad.

Por suerte, Baba dijo que podíamos aceptar esos regalos como bhiksha, pues estábamos en un período de vacío, de modo que recibimos una generosa y oportuna provisión de ropa de lana, guantes, medias de lana, suéteres, camisetas de invierno y frazadas, mientras que una donación igualmente pródiga de fruta seca y otros comestibles deliciosos atendieron a las necesidades de nuestros estómagos. Incluso había una tercera carreta llena de ropa de algodón para un uso posterior.

Todavía no sé cómo Harjivan Lal pudo ubicar con precisión el lugar para enviar sus solícitos regalos que, sin embargo, fueron para todos nosotros un maná de los cielos, cuyo soberano estaba ese día entre nosotros como un compañero, desarrollando sus misteriosos métodos como mendigo y como Señor.